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Rocha,

LUIS ALBERTO DE HERRERA

25/03/2009

LUIS ALBERTO DE HERRERA

A 50 años del 8 de abril de 1959

El año del cincuentenario del fallecimiento del Dr. Luis Alberto de Herrera es ocasión propicia para reflexionar acerca del significado de su figura en la construcción y consolidación político-institucional del Uruguay.



Fue tan extensa y fecunda su vida pública que resulta una tarea compleja abordarla en todas sus dimensiones. Optamos entonces por seleccionar ciertos ejes que nos permiten perfilar algunos de los aspectos más relevantes de su personalidad: su fe en la democracia como sistema de gobierno y de la convivencia social, su percepción de la política, su preocupación por la cuestión social, su concepción del Estado, su posición respecto a la inserción internacional del país.



Herrera fue un hombre de pensamiento y de acción. Fueron sus convicciones el basamento de un liderazgo que contribuyó sin dudas a la definición de la base doctrinaria del Partido Nacional.



Entendía la política como afirmación y reformulación del pasado, y no como ruptura o creación radical, como instrumento que permite elaborar un relato de continuidades y renovaciones a partir de las cuales se va construyendo el futuro. Así lo advirtió tempranamente afirmando que “la fuerza directriz, aunque a veces no lo parezca, viene siempre de atrás y cada actualidad obedece a la rienda de antecedentes morales” No obstante era consciente de que habiendo más futuro que pasado “Aún hay algo más importante. Nuestro pueblo mira demasiado para atrás y es necesario que aprenda a mirar para adelante, hacia el porvenir”.



Luego de 1904, la realidad imponía, al Partido Nacional, una nueva forma de hacerse lugar en la estructura político-institucional del país, abandonando la lucha armada para emprender la vía de la lucha cívica. La principal consecuencia política e institucional de la revolución de 1897 consistió en inaugurar para el país una nueva era de reconocimiento de la voluntad electoral de los orientales, la voluntad de eliminar el fraude- como quedó establecido en el art. 2º. del Pacto de la Cruz- y la admisión del derecho de las minorías a una representación parlamentaria regular. El voto secreto, la representación proporcional, las garantías electorales serían a partir de entonces las banderas tras las cuales se encausaría el accionar del Partido Nacional y la organización partidaria sería a partir de entonces la herramienta para conquistarlas. Las leyes de Registro Civil y de Elecciones serían el primer hito en la cristalización de estas aspiraciones.



Era imperioso que el Partido Nacional “uno e indivisible” se reorganizara, agrupándose bajo la guía del Directorio, único representante legítimo de la colectividad, dentro de lo establecido en la Carta Orgánica. Esa tarea, la de construir un Partido vigoroso, fue emprendida por una joven generación de blancos, con Luis Alberto de Herrera a la cabeza. Desde el Parlamento, desde el periodismo independiente, movilizando la opinión pública, poco a poco se fue abriendo el Partido a la participación popular y habilitándolo a ser el receptor de las aspiraciones y las necesidades del pueblo. Ya en el primer editorial del diario La Democracia se analiza con realismo la situación política, afirmando la vocación del partido de contribuir a la reconstrucción material y moral del país, “penetrado como está de sus deberes sociales y sus responsabilidades históricas..”



En uno de sus discursos Herrera da cuenta de esta convicción al manifestar : “Todo mi interés de ciudadano se limitaba a recoger el eco de las verdades y los descontentos que rondaban la calle… el sitio de los dirigentes está fuera de los muros, en la calle, en las tribunas, al lado de las multitudes, para comprenderlas y ser por ellos comprendidos”. Conciente de que la participación de los ciudadanos es vital para la consolidación de la democracia, defiende también la descentralización administrativa y territorial.



Contrariamente a ciertas creencias generalizadas, la matriz liberal de Herrera se define directa alusión a la problemática de la libertad de conciencia, y aunque su ideal de Estado es una estructura política que estimule la actividad privada, no la de un organismo tentacular que la sustituya, ello no le impidió defender la participación del Estado en aquellas situaciones en que su concurso fuera necesario para asegurar el bien común y la protección de los derechos de los trabajadores. Al respecto sostenía Herrera que “La misión del Estado es encauzar dentro de lo legítimo las fuerzas materiales y morales del país hacia fines prácticos y hacer obra fecunda…”



En ese sentido se pueden hallar múltiples referencias a la función que le atribuye Herrera al Estado. Así por ejemplo refiriéndose a la realidad socio-económica del sector rural afirmaba: “Una realidad candente, que está ahí, esperando una solución acorde con la importancia y trascendencia del problema, lo es la falta de campos para trabajar los pequeños y medianos productores…..hemos demostrado cómo la potencialidad económica del gran capital, ha ido desalojando de los predios en propiedad o arriendo, a numerosos núcleos de trabajadores del agro, en una absorción desorbitada que, a la vez de conspirar contra el interés social, crea injustificadamente un intenso drama a la economía rural […] es preciso detener ese avance del expansionismo capitalista, y encontrar fórmulas de avenimiento conciliables con el interés económico-social, que aseguren tierras a los hombres que quieran trabajar en ellas”.



Veía asimismo que en la promoción de una ciudadanía sólidamente integrada, el Estado estaba llamado a cumplir un rol central propiciando desde el campo de la Educación carreras viables que encaucen la oferta educativa a la realidad del mercado y la sociedad, para evitar así las frustraciones que genera una educación que no permite la inserción laboral de los egresados. Al respecto manifestaba “me parece que es deplorable que la juventud que se está educando en las aulas sólo aspire a aumentar el enorme caudal burocrático del país..”



La “cuestión social” y la suerte de los sectores obreros tampoco le fueron ajenas. Aparecen tanto el los discursos como en las iniciativas elaboradas mucho antes de que el Parlamento las concretara en normas. Y aunque él mismo admitió que no fue obra sólo suya, fue su tenacidad incansable la que impulsó a redactar en un brevísimo tiempo aquella legislación del trabajo.



Cumplía de esta forma con el compromiso al que refirió Herrera una noche de 1946 en su quinta, cuando le expresó a Haedo: Con Roxlo y Ponce De León en las carpas del campamento- en la revolución de 1904- mirando el ejército del pueblo, silencioso, sin poder encender fuego-ni siquiera fumar- para no delatarse al enemigo, nos habíamos juramentado sí vencíamos a entronizar de una vez y para ellos, sin distinción de clases, la justicia y la igualdad de derechos…al regreso de Roxlo de un viaje a Barcelona, proyectamos en 1095, el Código de Trabajo, Leyes Obreras. El adversario las tomó y valido de sus mayorías desconoció lo nuestro y lo hizo suyo como parte esencial de su programa” Destino éste que habrá de ser una constante en el accionar del Partido Nacional, como fuerza positiva y propositiva, en el entendido de que lo que es bueno para el país es bueno para el partido.



En consonancia con el Programa de Principios del Partido Nacional de 1906, primera respuesta doctrinaria orgánica de un partido uruguayo a la cuestión social, el Dr Herrera- junto a otros destacados nacionalistas- impulsó en el Parlamento el reconocimiento del derecho a la huelga de los trabajadores, la reglamentación de las horas de labor, las indemnizaciones por infortunio, el trabajo de los niños y las mujeres, la creación de tribunales de arbitraje con representación patronal y obrera



En Herrera la evolución de las ideas es inseparable de la acción política. Desde la militancia periodística y revolucionaria de su juventud, hasta el Herrera maduro que ejerció tanto el liderazgo de su partido como importantes funciones de gobierno, experiencia y pensamiento inspiraron y determinaron su labor. Al sostener que “Gobernar es mandar”, no lo hacía sólo en referencia a quienes sustentan el poder por decisión de las urnas, sino invocando también la responsabilidad que le cabe a la oposición. “por eso existe- afirmaba refiriéndose a la condición de los partidos- interés social [….] en defenderlos contra la invasión demagógica, librarlos de la declamación estéril y estilizadora y robustecer su libre juego democrático”



La personalidad de Herrera es la síntesis de múltiples dimensiones:

Herrera el hombre: esencialmente un hombre de acción que crea y orienta acontecimientos.

Herrera el soldado: su vida estuvo signada por una vocación por la lucha. Del campo de batalla, junto a Saravia, a la lucha cívica, liderando la juventud universitaria, fundando centros cívicos del nacionalismo, fundando diarios desde donde se consagra como fiel intérprete de una generación rebelde y combativa en pos de los ideales democráticos.

Herrera el legislador: con perfil enérgico, haciendo comprender y oír la voz y las necesidades de los trabajadores industriales, rurales y del pueblo en general.

Herrera el historiador: Capaz de conciliar la capacidad de síntesis que requiere la acción, con el sentido crítico y analítico que exige la investigación. Capaz de sintetizar armónicamente el presente y el pasado para proyectar y dar sentido al futuro.

Herrera el internacionalista: Con la consigna de “El Uruguay ante todo y sobre todo”, contribuyó a elaborar un estado de conciencia sobre el cual se fue definiendo el marco desde donde habría de inscribirse la inserción internacional del país. Antiimperialista por definición, tenía claro que el principio de no intervención era clave para la inserción exitosa del país en el mundo.

Herrera político y caudillo: Instinto innato. Su condición de hombre político se revela en la capacidad para establecer un nexo entre el hombre y la sociedad, y traducirlo en expresiones

jurídicas e históricas. El carisma de caudillo que lo caracterizó, lo fue acuñando a través de una larga trayectoria donde ha vivido la vida de todos.



De carácter firme, fiel a sus convicciones, no midió esfuerzos ni eludió responsabilidades en la búsqueda de la consolidación democrática y la estabilidad institucional del país. Herrera es uno de esos hombres que trascienden la época que le tocó vivir, justo es que este cuerpo, escenario y caja de resonancia de la representación popular, reconozca en la contribución del Dr, Herrera uno de los pilares sobre lo que se construyó nuestra legitimidad democrática.



José Carlos Cardoso


 
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