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Rocha,

Intervención en Sala -Homenaje a Pedro Figari

06/10/2015

SEÑOR CARDOSO.- Pido la palabra.

SEÑOR CARDOSO.- Señor presidente: vamos a tratar de hacer algunos comentarios que complementen las cosas muy interesantes que se han dicho en este bien merecido homenaje recordatorio de la figura de Pedro Figari, uno de esos uruguayos que vale la pena recordar y revisar, no solamente por sus aspectos multifacéticos sino también por la vigencia de algunos de sus postulados.

En las vacaciones de setiembre tuve la oportunidad de visitar el Museo Blanes –fui a llevar a uno de mis hijos–, en el que hay una muestra muy interesante de Figari, con una secuencia histórica muy ordenada de sus cuadros; aprovecho para pasar el aviso de que ese museo está atendiendo con particular atención esta muestra especial.

Figari vivió en la época de un Uruguay que abonaba una intelectualidad muy fuerte. Fue contemporáneo de Reyles, de Delmira Agustini, de Rodó, de Vaz Ferreira, de Clemente Estable, de Luis Alberto de Herrera, de Herrera y Reissig, de Florencio Sánchez. Con ellos convivió en un tiempo político muy fermental de la vida del Uruguay.

Había nacido en 1861 y fue, durante muy poco tiempo, contemporáneo de Varela, que murió diez o quince años después, cuando ya había puesto en marcha la reforma educativa y Uruguay estaba en un proceso muy relevante de transformación de su estructura educativa.

De Figari podemos recordar muchas facetas; en lo personal, la del educador me atrae mucho, y recién escuchábamos al señor senador Mieres rememorando palabras de Ardao, quien lo identificaba como un verdadero reformador de una de las áreas de la vida educativa del país.

Con la misma relevancia que tuvo Figari para reconocer lo que nos decía sobre esa educación de artes y oficios, definida en aquel momento y que quería transformar en algo más vigoroso y potente, podemos hoy decir que esa fue una tarea pendiente, inconclusa. No pudo hacerlo, no convenció, no le dio la vida o ese formidable intelecto que tenía, para persuadir a los suyos, a su tiempo y al Gobierno que integraba, de las bondades de lo que estaba pensando, en momentos en que el mundo venía trabajando en ello y ya en Europa se venía definiendo una metodología muy fuerte respecto al vínculo de las artes, la estética y el oficio. Fue un adelantado incomprendido; tuvo que renunciar e irse porque no pudo llevar adelante la reforma que había planteado. Quizás esa tarea inconclusa nos llegue hasta hoy, en que podemos decir que tenemos todavía una tarea pendiente en la educación para el trabajo.

En el libro que escribió el doctor Sanguinetti sobre la vida de Figari, hay un diálogo absolutamente formidable de Figari con Batlle acerca de un momento histórico preciso y de cómo allí se definió un rumbo en materia de educación.

«¿Cómo se explica esto, don Pepe?», le dice Figari al presidente Batlle. «Ud. es demócrata, socialista, casi anarquista, y pretende importar de cuajo aquí las culturas suntuosas del Viejo Mundo, cuando allá mismo se las considera causantes del “cáncer” del proletariado intelectual. Juzgue que aquí, analfabetos según somos como productores, los resultados serán doblemente a deplorar».

Este relato se ajusta estrictamente a una carta que Figari, ya viejo, le envía a su nieto, el arquitecto Jorge Faget, que inicia diciendo: «Voy a contarte algo que muy pocos saben, y como esto honra a tu abuelo, también te honra a ti». Y prosigue, entonces, su relato de la conversación con el presidente Batlle: «Me pidió tiempo para meditar y resolver, diciéndome que fuese a verlo unos días después.

Yo, muy pobre en esos días en que había hecho» la vía-crucis «halagado además por la idea de prestar un importante servicio al país en el radio de mis predilecciones, no sabía cómo enderezar sin torcer mi conciencia, sabiendo el empuje y tenacidad de Batlle, y encontré esta argumentación:

–Vea, don Pepe: para demostrarle la inoportunidad de su plan de fundar academias» –el presidente Batlle le decía que había que fundar academias, y después de esta discusión con Figari, termina fundando los liceos departamentales, es decir que arrancó para el otro lado, para la educación académica–, «demos por admitido que ya funcionan, y que han producido maravillas. Tenemos ya cien Velázquez; cien Beethovenes; cien Rodines; cien Shakespeares. ¿Qué hacemos con ellos y qué hacen los pobrecitos aquí? Tendrían que colgarse de las higueras de puro desesperados. Pero –agregué– no va a ser este por cierto el resultado. Cuando se ofrezca una escuela de genios no quedará un tonto en el país que no se apure a sacar matrícula, y veremos legiones de genios incomprendidos, rezongones, malhumorados, con abultadas melenas, con sus fuertes pipas y sus calabreses terciados. ¡No se podrá circular!

Esta argumentación impresionó a Batlle; me dijo que esperase, que reflexionaría, y todavía espero su resolución no sin tener clara conciencia de que presté un buen servicio al país».

Este diálogo entre Figari y Batlle me parece espectacular porque, en realidad, ¡qué vigencia que tiene hoy, cuando discutimos la educación secundaria, si los gurises estudian para algo que sirva o no, y mezclamos el debate de aquella época, en que se decía que los hijos de los obreros tenían que ser obreros, que los hijos de los trabajadores tenían que aprender solo un oficio y dedicarse a eso porque ese sería su destino!

Figari se peleó con algunos integrantes de mi partido. Recuerdo que tuvo un debate muy fuerte con Carlos Roxlo porque este había escrito un artículo muy contrario a sus ideas. Figari le respondió con mucha calidad, por supuesto, pero no voy a hacer mención a ese debate, aunque fue muy interesante y marcó la distancia del pensamiento que, en aquellos primeros tiempos del siglo XX, tenía mi partido respecto al trabajo educativo que Figari hacía.

Pedro Figari, señor presidente, fue diputado por Rocha. Su primera legislatura tuvo lugar en tiempos en que, desde Montevideo, los dirigentes políticos, de alguna manera, se proclamaban y juntaban votos en departamentos del interior. Estamos hablando de un Uruguay muy incipiente desde el punto de vista de la cultura política.

Como dije, fue diputado por Rocha y, como hoy mencionó aquí largamente el señor senador Bordaberry, tuvo un fuerte desafío en su vida con el aporte que hizo al debate sobre la abolición de la pena de muerte, que lo transforma en uno de los precursores de los derechos humanos. Si uno quiere buscar en el pasado histórico de Uruguay un defensor a ultranza de los derechos humanos fundamentales, encontrará en Figari a un promotor que, si bien no fue el autor de la ley correspondiente, dio una gran lucha política al respecto y llevó a cabo una gran divulgación del tema. Podría perfectamente adjudicársele ser casi el autor intelectual de esa iniciativa que tuvo tempranamente Uruguay de abolir la pena de muerte. Fíjense los señores senadores que aquí se mencionó que también hoy en día, en pleno siglo XXI, todavía se anda predicando por el mundo la posibilidad de abolir la pena de muerte en otros países. Bastaría con leer algunas de las cosas que dijo Figari sobre la pena de muerte en manos del Estado, para constatar que son aplicables a cualquier Estado moderno y contemporáneo que, por muy desarrollado que pueda ser, tenga aún vestigios de estas normas estatales tan reprobables.

Figari avanzó sobre la filosofía, y créanme que en eso no lo seguí mucho porque esa no es de las características que más me gustan de él, pero puedo decir que fue un filósofo profundo, adelantado a su tiempo, que mezcló mucho su filosofía con el desarrollo de sus conceptos sobre la educación.

Murió siendo muy humilde, a pesar de haber sido dirigente político, diputado, presidente del Sodre e integrante del Consejo de Administración. Quiere decir que ocupó cargos relevantes en la vida política del país y, a pesar de eso, murió como un hombre humilde, viviendo de la venta de sus cuadros, que le costaba vender. Sus últimos viajes a Buenos Aires fueron para hacer unos pesos porque estaba en una situación económica muy apremiante. Justamente, la última vez que fue allí vendió unos cuadros y dicen algunas crónicas que volvió muy contento a Montevideo porque había hecho algunos pesos con ellos. Heredó 2.300 cuadros y empezó a pintar a los 56 años, es decir, cuando había renunciado a casi todas sus actividades y se había recluido en la pintura. Fue un innovador y tuvo vínculos, desde el punto de vista de la pintura, con Gauguin; se le puede considerar un posimpresionista. Es uno de nuestros legados más importantes y, sin duda, uno de los artistas plásticos más grandes que ha dado la república.

Fue una figura digna de destacar, de cuyo pensamiento tenemos que abrevar a menudo para salir de los debates y las confusiones de nuestro tiempo. Echar una mirada a figuras como la de Figari siempre nos hace bien, porque fueron hombres no solamente con inteligencia, con dedicación, sino también con una moral intachable.

Era cuanto quería decir, señor presidente.


 
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